El olor a trampa entrecortaba mi respiración #15Oct
Triste pero esperanzado. Parecen dos términos difícil de conjugar en una afirmación, ¿cierto?
Camino cada día las calles de mi loca ciudad, Caracas, tratando de esquivar los embates del deterioro, convencido además de que pudiéramos vivir de otra manera.
La miseria me la encuentro en todos lados. Perdón, en casi todos lados. En algunos canales oficiales de televisión no está, o aparece, a conveniencia, con fines político-propagandísticos. Y me digo una y otra vez: quiero estar aquí, en mi país, en mi tierra, con mi gente, pero no encuentro el modo de estar, no sé cómo estar...
Sin embargo, siempre pasa algo que ilumina. Lo viví la mañana de este jueves 19 de octubre en uno de los vagones del Metro de Caracas donde me trasladaba. En el área preferencial del vagón, donde se sientan nuestros viejos, se activó una conversa que me sacó de mi lectura radicalmente.
Los ocho adultos mayores instalados en sus asientos azules, a todo pulmón, expresaban rechazo a los resultados de las elecciones regionales del pasado domingo 15 de octubre. "¿Quién cree esos resultados? Nadie", afirmaba uno con convicción. Me llamó mucho la atención, sobre todo, una frase que lanzó una de las abuelas y que fue ratificada por los demás: "No se robaron esas cinco gobernaciones pa' que el mundo crea... a puesss". Escuchar a esos viejos atrevidos me animó.
El pasado domingo, 15 de octubre, mientras declaraba la presidenta del Poder Electoral venezolano, Tibisay Lucena, sobre los resultados del proceso electoral, el olor a trampa entrecortaba mi respiración.
Todo fue preparado con antelación, velocidad y diligencia. Ahí sí. Entrega de certificaciones a partidos políticos. Anuncio de cronograma electoral. Postulaciones de candidatos. Auditorías. Adelanto de elecciones. Ferias electorales. Campaña electoral. Elaboración del material electoral. Cierre de centros electorales. Mudanza de electores. Dinero para campañas electorales. Supuestas sustituciones de candidatos. Plan República. Aplausos para la madrina y tequeños para los invitados. Todo en cuestión de semanas.
Esa noche no podía entender, y no entiendo aún, cómo en medio de una cotidianidad tan caótica, en medio de un deterioro institucional y humano tan grande, el gobierno venezolano había alcanzado una "victoria aplastante".
Pero mientras la rectora repetía una y otra vez "Partido Socialista Unido de Venezuela", yo no podía dejar de pensar en Carlos, quien tuvo un terrible accidente en Barlovento un sábado en la noche y no fue sino hasta la mañana del domingo cuando pudieron trasladarlo a un centro de salud, en el que perdió la vida porque los golpes fueron muy fuertes. Tal vez si Carlos hubiese sido atendido con prontitud...
Tampoco podían podía dejar de pensar en:
- el funcionario humanista de la PNB que golpeaba con su casco a un joven en una esquina de Catia, esta mañana.
- en que la liquidación de mi empleo anterior no la pude alargar hasta la próxima quincena, porque simplemente no me alcanzó.
- en los niños que me han pedido comida y, mirándolos a los ojos, les he tenido que decir que no...
- en la imposibilidad de comprar las medicinas de mi mamá para la hipertensión, la descalcificación y la circulación.
- en las colas para tomar un bus, en las caminatas para conseguir dinero en efectivo, en el miedo que siento cada vez que me monto en una camionetica, en la dificultad para comprar la comida, en lo costoso que puede resultar una simple gripe en este país, en el número de chamos que mueren todos los días, en los chamos del barrio a los que les di catequesis y que hoy están en la esquina consumiendo drogas...
La lista la pudiera continuar, tristemente, sin mayor dificultad, pero no es la intención. El punto es que, al escuchar a esos viejos en el Metro, percibí que hay gente que cree, al igual que yo, que las cosas deben ser diferentes. Pero, además, hay gente que se atreve, en un acto de libre desahogo, a expresar su desacuerdo con lo que está pasando en Venezuela. Gestos como estos son clave si anhelamos un futuro diferente al presente que vivimos.
Aún no sé como estar en mi tierra, pero sé que no podemos estar solamente cargados de optimismo. No es suficiente. Creo que los que queremos estar acá, tenemos que estar acá, pero tenemos que estar no de cualquier modo, tenemos que estar llenos de esperanza, activados, trabajando, intentando construir esa realidad que queremos, pero conscientes de que el problema es gigante.
¿Que estoy triste? Sí, no lo puedo negar. Pero también estoy esperanzado y activado. Intentando ser persona y ayudando a que otros puedan vivir también esa aventura.
Camino cada día las calles de mi loca ciudad, Caracas, tratando de esquivar los embates del deterioro, convencido además de que pudiéramos vivir de otra manera.
La miseria me la encuentro en todos lados. Perdón, en casi todos lados. En algunos canales oficiales de televisión no está, o aparece, a conveniencia, con fines político-propagandísticos. Y me digo una y otra vez: quiero estar aquí, en mi país, en mi tierra, con mi gente, pero no encuentro el modo de estar, no sé cómo estar...
Sin embargo, siempre pasa algo que ilumina. Lo viví la mañana de este jueves 19 de octubre en uno de los vagones del Metro de Caracas donde me trasladaba. En el área preferencial del vagón, donde se sientan nuestros viejos, se activó una conversa que me sacó de mi lectura radicalmente.
Los ocho adultos mayores instalados en sus asientos azules, a todo pulmón, expresaban rechazo a los resultados de las elecciones regionales del pasado domingo 15 de octubre. "¿Quién cree esos resultados? Nadie", afirmaba uno con convicción. Me llamó mucho la atención, sobre todo, una frase que lanzó una de las abuelas y que fue ratificada por los demás: "No se robaron esas cinco gobernaciones pa' que el mundo crea... a puesss". Escuchar a esos viejos atrevidos me animó.
El pasado domingo, 15 de octubre, mientras declaraba la presidenta del Poder Electoral venezolano, Tibisay Lucena, sobre los resultados del proceso electoral, el olor a trampa entrecortaba mi respiración.
Todo fue preparado con antelación, velocidad y diligencia. Ahí sí. Entrega de certificaciones a partidos políticos. Anuncio de cronograma electoral. Postulaciones de candidatos. Auditorías. Adelanto de elecciones. Ferias electorales. Campaña electoral. Elaboración del material electoral. Cierre de centros electorales. Mudanza de electores. Dinero para campañas electorales. Supuestas sustituciones de candidatos. Plan República. Aplausos para la madrina y tequeños para los invitados. Todo en cuestión de semanas.
Esa noche no podía entender, y no entiendo aún, cómo en medio de una cotidianidad tan caótica, en medio de un deterioro institucional y humano tan grande, el gobierno venezolano había alcanzado una "victoria aplastante".
Pero mientras la rectora repetía una y otra vez "Partido Socialista Unido de Venezuela", yo no podía dejar de pensar en Carlos, quien tuvo un terrible accidente en Barlovento un sábado en la noche y no fue sino hasta la mañana del domingo cuando pudieron trasladarlo a un centro de salud, en el que perdió la vida porque los golpes fueron muy fuertes. Tal vez si Carlos hubiese sido atendido con prontitud...
Tampoco podían podía dejar de pensar en:
- el funcionario humanista de la PNB que golpeaba con su casco a un joven en una esquina de Catia, esta mañana.
- en que la liquidación de mi empleo anterior no la pude alargar hasta la próxima quincena, porque simplemente no me alcanzó.
- en los niños que me han pedido comida y, mirándolos a los ojos, les he tenido que decir que no...
- en la imposibilidad de comprar las medicinas de mi mamá para la hipertensión, la descalcificación y la circulación.
- en las colas para tomar un bus, en las caminatas para conseguir dinero en efectivo, en el miedo que siento cada vez que me monto en una camionetica, en la dificultad para comprar la comida, en lo costoso que puede resultar una simple gripe en este país, en el número de chamos que mueren todos los días, en los chamos del barrio a los que les di catequesis y que hoy están en la esquina consumiendo drogas...
La lista la pudiera continuar, tristemente, sin mayor dificultad, pero no es la intención. El punto es que, al escuchar a esos viejos en el Metro, percibí que hay gente que cree, al igual que yo, que las cosas deben ser diferentes. Pero, además, hay gente que se atreve, en un acto de libre desahogo, a expresar su desacuerdo con lo que está pasando en Venezuela. Gestos como estos son clave si anhelamos un futuro diferente al presente que vivimos.
Aún no sé como estar en mi tierra, pero sé que no podemos estar solamente cargados de optimismo. No es suficiente. Creo que los que queremos estar acá, tenemos que estar acá, pero tenemos que estar no de cualquier modo, tenemos que estar llenos de esperanza, activados, trabajando, intentando construir esa realidad que queremos, pero conscientes de que el problema es gigante.
¿Que estoy triste? Sí, no lo puedo negar. Pero también estoy esperanzado y activado. Intentando ser persona y ayudando a que otros puedan vivir también esa aventura.
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